Mi madre está a pocas horas de llegar a Santiago de Chile. Partió anoche.
En mi pieza del hotel acabo de volver de tomar desayuno. Deseo seguir durmiendo. Mis ojos se cierran solos y mi cuerpo se niega a realizar algún movimiento. Se oye por el pasillo a las mucamas acarreando aspiradoras y más de algún pasajero apúrandose para no perder el desayuno.
Mis párpados pesan, si alguien me viera solo notaría en mi rostro dos líneas horizontales como ojos. Me acurruco y trato de permanecer tranquila en mi cama queriendo desaparecer en un sueño tibio pero creo que será un poco difícil, el ruido del aseo aumenta poco a poco y se hace a cada momento más fuerte. Mejor será levantarme, salir un rato y volver después de almuerzo cuando el día completo se presta para descansar. La noche ya no es suficiente, muchas veces se siente mucho ruido de los pasajeros que entran y salen siempre dando portazos. Es raro, lo que más me ha molestado y ha sido algo que me ha sucedido en la mayoría de los hoteles es eso, los portazos… parece que sonaran todos fuera de mi dormitorio.
Quizás solo debo aprovechar mi tiempo para ponerme al día con el blog que lo he dejado botado. No he andado con ganas de escribir y el limitarme a relatar las cosas que he hecho, para mi lo vuelve aburrido. Asumo que para ustedes también. Pero bueno, procesos son procesos y sé que esto responde a vivencias íntimas que no siempre puedo relatar.
Luego de tres semanas con mi madre vuelvo a estar sola conmigo y se siente «normal». Y me gusta sentirme bien así. Ahora parece que este ha sido mi estado natural, mas bien dicho así lo siento. Han sido buenas tres semanas, de reirnos, andar relajadas, andar incómodas, cansarnos, caminar, comer, beber y conocer lindos lugares. Esta fue una convivencia diferente, yo que llevaba muchos meses viajando por mi cuenta, a mi ritmo y ya cansada de tanto vagabundeo; y mi madre también llegaba cansada y con unos años más a cuestas; bien distinto a nuestro viaje juntas hace cinco años atrás.
Quiero a mi mamá y me cuesta ver como los años pasan por ella. Lo mismo me sucedió con mi padre hace ya siete años cuando noté su envejecimiento y ha sido un largo camino el aceptar sus cambios.
Recién ahora lo vivo con mi madre. Sé que ha envejecido, pero como no vivo a su lado y la convivencia de los fines de semana no es suficiente, recién en estas tres semanas de vivir el día a día juntas he palpado sus cambios. Y sigue siendo difícil, quizás más que con mi padre. Ella es y ha sido el pilar emocional de toda nuestra familia.
Su proceso me muestra mi propia inseguridad, manifestada en mi impaciencia. Cuando la miro pienso en mi propia vejez, en cómo será mi cuerpo, como seré emocionalmente, en si estaré acompañada por algún hombre que se haya convertido en mi compañero o si envejeceré sola. Me hace pensar en qué cosas debo prever desde ahora ya.
Dinero, salud, el cuidado de mi cuerpo que ya necesita ser considerado. La compañía de gente de mi edad y de gente más jóven. La relación con mis sobrinos ya que no tendré hijos…
Pensar en cuando ya no me sienta autodependiente, cuando mi cuerpo ya no se mejore con remedios o una operación, cuando mis oídos no oigan bien y mis ojos les cueste ver hasta con lentes, cuando a mi cuerpo le duela moverse y mi pies no deseen caminar más.
Cuando ya no pueda vivir al ritmo en que la vida se esté moviendo, ritmo que no es el del adulto mayor…
Lo que sí se es que quiero aprender a tener paciencia con sus cambios y lo lograré. A dejarla vivir a su ritmo y no impacientarme, a no apurarla en sus decisiones cotidianas. A estar detrás suyo apoyándola con paciencia y no adelante decidiendo por ella. Aprender de su sabiduría. A llamarla por teléfono más seguido. A conversar más sobre lo que a ella le sucede. A regalonearla y a disfrutarla.
Mamá, te quiero!!
Gracias por estas tres semanas!!
Gracias por tu paciencia y tu tolerancia.
Gracias por esta invitación a vivir juntas una nueva aventura.
Gracias por tu valentía y la fuerza para seguir adelante.
Gracias por los ratos de risas y por tu sentido del humor.
Gracias por molestarte conmigo cuando me ponía pesada pero no mandarme al diablo.
Gracias por las comidas ricas y los vinos deliciosos.
Gracias por creerme que cuando te decía » en dos cuadras más llegamos»… y siempre eran más de dos cuadras.
Gracias por seguir enseñándome con el ejemplo.
Gracias… siempre gracias, por todo y por siempre.
A propósito, es un placer hablar en castellano, después de tantísimos meses hablando inglés. Me da gusto hablar y hablar.





















