Despierto temprano para preparar mi salida. Ayer dejé mi mochila lista y el aseo hecho.
Mikaela se quedó dormida, nuestra salida a comer anoche fue un poquitín regada, vino blanco y limoncello con abundantes pastas.
Luego mi bolso de mano que es mi otra mochila llena a más no poder de mi ropa. Finalmente mi bolso con el computador y el resto de mis cosas para entretenerme en los aeropuertos y el avión.
Ya sentada me saco todo mi cargamento y con pañuelos desechables comienzo el proceso de secado y reacomodamiento de mi persona. Siempre digna, ya saben.
Al llegar al aeropuerto, decido ponerme la mochila al hombro en vez de arrastrarla y camino en busca de mi counter. Una vez ahí, la envuelvo en plástico y la mando directo a Chile, que alivio sacarme la carga.
Entro temprano hacia la zona de embarque, me entretengo un rato en la duty free pero sin comprar, eso me toca en el aeropuerto de París donde debo esperar cinco horas para mi conexión a Santiago.
Ya en París, con cinco grados de temperatura el trámite de policía internacional es rápido, esta vez con pasaporte chileno y me voy rápidamente a la zona de embarque. Como algo, no mucho para no hincharme como en el viaje de venida que fue súper incómodo. Compro unos encarguitos, ultimas golosinas y me siento al costado de la puerta de embarque que está vacía.
Poco a poco comienza a llegar gente, rostros «chilenos» que no he visto en tantísimos meses y cuando comienzo a escuchar las conversaciones y el acento, un malestar me invade y no se cuál es. Al rato me digo: «Ohh no quiero oír este acento, quiero otros idiomas!!!» Esto me hace dar cuenta que en verdad la aventura fuera de Chile está terminando y sigo sin ganas de volver.
Asumida, leo, me paseo, escucho… sin mucha atención, solo para ir acostumbrándome.
Ya rumbo al avión, delante mio oigo a tres compatriotas hablando entre ellos con el más burdo lenguaje de nuestro país, horror!!! Yo que ruego porque no me toque un bebé cerca mio, ahora ruego porque sí me toque un bebé y me deje lejos de esta realidad demasiado pesada para asumirla hoy día… demasiado «shi gua»!! como para una bienvenida.
Mi vuelo perfecto, de compañero me toca a un chileno que vive en Japón, trabaja en una salmonera y que en total viajará treinta horas para llegar a Santiago y luego a Puerto Montt… ese si que es un largo trayecto. Nos venimos conversando todo el camino, mas bien los momentos que estuve despierta, me regala unos apuntes con un curso de japonés, lo que me encanta.
Ya en Santiago lo primero es prender mi teléfono. Llegamos con una hora de retraso y mis padres están esperándome en algún lugar.
Policía Internacional está repleto así que la espera se hizo larga y más aun la recogida de la maleta pero es ahí donde me encuentro con mi papá que había logrado entrar y nos damos y gran abrazo apretado. Él siempre es feliz de volver a verme, ya sea que me ausente una semana o seis meses. Es tan rico este reencuentro. Afuera mi madre me espera con otro gran abrazo y partimos rumbo a su casa donde me quedaré unos días para comenzar mi proceso de adaptación y el reencuentro con hermanos, sobrinos y luego de unos días el Fede.